Consejos de cristianos en la “Antioquía de Asia” sobre cómo su congregación puede sobrevivir (y prosperar) en medio del brote de COVID-19.

En las tiendas se han agotado los desinfectantes, comida enlatada, papel higiénico y agua. Hay pleitos por la venta limitada de cubrebocas. Enojo emerge a medida que las congregaciones siguen reuniéndose para el culto, provocando acusaciones de falta de “responsabilidad social”.
El virus COVID-19 se propagó rápidamente de Asia a Europa y a América del Norte durante la semana pasada, trayendo consigo un nivel de pánico y angustia que no se había visto en los últimos años, permeando desde los supermercados, el mercado de valores y hasta la iglesia local. La cuenta global ahora asciende a más de 110,000 infectados y más de 3,900 muertos.
Las iglesias en Singapur, la nación que Billy Graham llamó la “Antioquía de Asia”, ya han transitado por la preocupación que ahora azota al mundo. El 7 de febrero, el gobierno del estado-nación elevó el nivel de riesgo en su escala de evaluación nacional de Amarillo a Naranja, indicando “alteración moderada” a la vida diaria, y en particular, a grandes reuniones de personas.
El 7 de marzo se cumplió un mes de la alerta Naranja en Singapur, donde se han registrado 150 casos y cero muertes por el virus. Esto significa que durante el último mes, las iglesias locales, que representan aproximadamente a 1 de cada 5 singapurenses, han sido orilladas a un periodo extendido de autoevaluación, reflexión y acción.
El proceso no ha sido sencillo, pues ha incluido el caso de un pastor afectado por el coronavirus (y posteriormente dado de alta), denominaciones completas suspendiendo sus cultos, el cierre de …